Aqui tienes el guión de la asamblea, por si estás en tu casa y no puedes participar en la reunión de ningún grupo. Queremos que te sientas cerca de nosotros, aunque no lo estés físicamente. La misericordia del Señor traspasa paredes y acorta distancias.

Nos disponemos

Al inicio de este encuentro de oración invocamos al Espíritu Santo para que abra nuestro corazón a la Palabra. Rezamos juntos:

Ven, Espíritu Santo,
dispón mis oídos para la escucha de la Palabra,
ilumina mi mente para que la comprenda.
Empújame para que me despierte de mis letargos,
hazme experimentar la entrañable misericordia del Padre.
Fortaléceme para que pueda acoger y seguir
las enseñanzas de Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Proclamamos la Palabra: Lucas 23,32-43

32 Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. 33 Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34 Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. 35 El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
36 Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37 diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38 Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
40 Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
43 Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Leemos atentamente: ¿Qué dice el texto?

Tras un momento de silencio releemos atentamente el texto. Las pautas y las preguntas nos pueden ayudar a hacerlo.

La misericordia, presente en la cruz

Seguramente durante mucho tiempo, Jesús de Nazaret fue artesano, como José, porque en aquella época era habitual que las profesiones pasaran de padres a hijos. Sabemos por los evangelios, y nos centramos ahora en el de Lucas, que Jesús manifestó con sus hechos y palabras que Dios es un Padre de ternura y misericordia. No solo lo manifestó durante los pocos años de su vida pública, sino que esta certeza lo sostuvo incluso en los momentos de mayor dificultad, en la pasión y en la muerte en cruz. Para la Lectura creyente de hoy tomamos el pasaje de la crucifixión según san Lucas. Jesús vuelve a expresarse con palabras de misericordia hacia quienes lo han condenado y la derrama, convertida en perdón y esperanza de vida, en uno de los que están crucificados con él.

Intentemos situar la escena evangélica que hemos leído. ¿Dónde se encuentra Jesús? ¿Con quién? ¿Qué palabras salen de su boca? ¿Hay alguna alusión al Antiguo Testamento?

Jesús se encuentra en el lugar llamado «La Calavera» (en arameo, Gólgota), una pequeña colina situada a las afueras de Jerusalén. La ejecuciones se hacían allí, en un lugar de mucho tránsito, para que los habitantes de la ciudad y los visitantes vieran a los crucificados y quedaran así advertidos contra todo crimen. Dos malhechores fueron crucificados con Jesús. Mientras ellos recibían un justo castigo (23,41), Jesús había sido declarado inocente por Pilato (23,14-16). Se cumple así lo anunciado por el profeta Isaías: «Fue contado entre los malhechores» (cf. Is 53,13; Lc 22,37). También es una alusión al Antiguo Testamento el reparto de las vestiduras de Jesús que hacen los soldados (Sal 22,19). Estas alusiones, que atraviesan todo el relato, presentan la pasión de Jesús como cumplimiento de las Escrituras. Señalemos también que las primeras palabras del crucificado son muy significativas: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (23,34). Recuerdan dos elementos que han sido permanentes en la vida de Jesús y que lo seguirán siendo hasta su muerte: el Padre y la misericordia.

Releamos los versículos 35-38. El relato coloca a Jesús en el centro, para ser visto por todos. ¿Quiénes «ven» a Jesús y cómo reaccionan ante él?

El espectáculo de la misericordia

Lucas presenta la crucifixión y muerte de Jesús (23,48) al modo de los espectáculos griegos, en los que todos los participantes debían sentirse cuestionados y tomar una actitud ante el drama presentado. Según este diseño del relato, una primera ola de espectadores se define ante Jesús. El pueblo, que manifiesta una actitud curiosa, aunque también respetuosa, es testigo de todo, pero solo se define tras la muerte del justo (23,48).
Las autoridades y los soldados, que desfilan ante Jesús, revelan, entre burlas, su verdadera identidad: salvador y rey mesías. Una confesión que recuerda a la que cantaban los ángeles en Belén (2,11) y que ha sido desarrollada por el evangelio: Jesús es el elegido de Dios que se pone misericordiosamente al lado de los más pobres para ofrecerles la salvación del Padre. Ahora, en la debilidad de la cruz, muestra que es salvador y mesías rey por el camino del sufrimiento, como el Siervo de Yavé anunciado por Isaías (cf. Is 52,13-53,12).

Los que están crucificados al lado de Jesús tienen que definirse ante él. Releamos los versos 39-43. ¿Qué actitudes manifiestan?

Los dos malhechores crucificados junto a Jesús desean ser salvados, pero mantienen una actitud muy diferente ante el salvador. El primero no entiende ni acepta el poder de la vida entregada y se burla de Jesús. El segundo se convierte en modelo de discípulo y es restituido. Es difícil comprender que la salvación no llega desde el poder deslumbrante, sino desde la debilidad de la muerte en cruz. El primer malhechor es incapaz de descubrir que su situación es consecuencia de sus errores, y participa en la mofa de las autoridades y los soldados. Aun así, Jesús no solamente muere a su lado, sino que muere por él en la cruz, esperando que reconozca y acoja la salvación.
El segundo malhechor, al que la tradición dio el nombre de Dimas, adopta una actitud más humilde. Reconoce la propia responsabilidad en su condena, defiende la inocencia de Jesús y le suplica: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Donde el resto de los espectadores solo vieron un crucificado, él descubre a un hombre, Jesús, y en él la presencia de Dios. Y no un hombre cualquiera, sino el Hijo del hombre que llegará como juez, con la gloria y plenitud de Dios, aunque ahora esté a punto de llegar al umbral de la muerte.

Volvamos a leer los versículos 40-43, reconociendo lo dicho en el anterior párrafo y poniendo atención a las palabras de Jesús. ¿Qué responde Jesús a este malhechor?

El rey misericordioso regala vida

Jesús acoge la súplica confiada del «buen ladrón». El que mantuvo toda su vida una actitud de acogida a pecadores y suplicó al Padre el perdón para quienes le estaban crucificando, no podía dejar de derramar misericordia hacia quien se reconocía pecador y anhelaba la salvación. Reconozcamos algo más en las palabras de Jesús. Primero, que el «buen ladrón» pide esa salvación «cuando llegues» y Jesús le habla de «hoy». En el evangelio de Lucas, «hoy» es el momento en que la salvación se hace realidad (2,1; 4,21; 19,9…). Segundo, que mientras aquel hombre espera la salvación en el futuro, Jesús dice que ya la tiene preparada para él, que estaba esperando a que la deseara. Esa salvación es «estar conmigo» en el «paraíso», allí donde no habrá muerte ni dolor, en la plenitud de la vida. Jesús, que se sabe sostenido por el Padre, sostiene y salva en la cruz, y desde la cruz, a todos los que se acogen a él.
Si seguimos leyendo el resto del relato de la crucifixión de Jesús (23,44-49) observaremos que también el centurión romano se define ante la muerte de Jesús (23,47), que el pueblo se vuelve golpeándose el pecho (23,48) y que las mujeres discípulas contemplaban «de lejos» la escena. Más adelante resonará la última palabra, la de Dios, resucitando a Jesús (24,6-7). Falta que el lector ofrezca su palabra y, según ella, oriente su vida. Si opta por confesar que Jesús es el Señor y que a través de él conocemos la paternidad y la misericordia entrañable de Dios, está comprometiéndose a hacerse misericordia y perdón para el mundo, llegando incluso a la muerte, como Cristo, el Señor.

 

Meditamos: ¿Qué me dice a mí (a nosotros) el texto?

Al modo como se representaban los espectáculos de teatro griego, Lucas ha hecho pasar ante nosotros el drama de la pasión de Jesús. Muchos de los espectadores tomaron su postura ante este mesías rey misericordioso. Es preciso que nosotros, hoy, adoptemos la nuestra. Si el «buen ladrón» se hiciera presente en nuestro grupo…

…nos diría que en nuestra historia sigue habiendo crucificados. Muchos hombres, mujeres y niños ven roto su futuro, su esperanza, su vida, por motivos políticos, sociales, económicos, religiosos, o simplemente por el egoísmo de otros.

¿Cuáles son hoy las nuevas formas de crucifixión? Nosotros mismos, ¿hemos experimentado situaciones de crucifixión? ¿Cómo compaginamos, en esas situaciones, misericordia y justicia?

…nos invitaría a que reflexionáramos sobre las autoridades de hoy, sobre su forma de ejercer el liderazgo, de impartir justicia, de gobernar alejados de la corrupción, de buscar el bien común, de defender a los más pobres.

¿Cómo ejercen su poder las autoridades de hoy? ¿Cómo denunciamos las situaciones injustas? ¿Tiene algo que ver tu forma de entender el poder con el de Jesús en la cruz?

…relataría, de nuevo, el diálogo que mantuvo con Jesús en la cruz. Nos diría que es indispensable entrar con humildad en uno mismo y reconocer los propios pecados y vacíos para luego acoger el don de Dios transformado en misericordia y salvación.

¿Qué actitudes nos pide el pasaje que estamos orando hoy? ¿Qué podemos hacer concretamente para que el rostro del Dios misericordia sea más conocido y seguido?

…nos recordaría que el perdón fue una constante en la vida de Jesús, y ese mismo comportamiento pidió a sus discípulos. Querría saber cómo llevamos nosotros este mandato del Señor.

¿A qué personas y qué ofensas te cuesta más perdonar? ¿Qué nos enseña al respecto el pasaje de hoy?

Oramos: ¿Qué le decimos a Dios inspirados por este texto?

En el pasaje leído y meditado hemos descubierto el perdón sin límites de Jesús. Un perdón que espera, que respeta la libertad, que salva incondicionalmente. Dirijamos a Dios Padre nuestra oración confiada.

  • Agradezcamos a Dios Padre su gran amor por nosotros: nos crea entregándonos la vida y haciéndonos partícipes de su misma vida; nos salva por medio de su Hijo Jesús que nos amó hasta la muerte. Pidámosle perdón porque nos hemos resistido a su amor y a su misericordia, porque hemos querido realizar nuestra vida al margen de su proyecto de amor y de justicia.
  • Por las autoridades, para que no se sientan amos y señores, sino servidores de las personas en la búsqueda de la justicia para todos.
  • Por los militares, que realizan difíciles tareas en la protección de los pueblos, para que rechacen cualquier mandato que suponga privar de vida o coartar las libertades.
  • Por los malhechores, que causan daños a veces irreparables a sus víctimas, para que sean capaces de integrarse en la sociedad y buscar, en ella, un mundo mejor para todos.
  • Pedimos por todos aquellos a los que les resulta difícil perdonar. Que encuentren personas buenas que les entreguen amor, ternura y perdón, de modo que curen sus heridas y vuelvan a vivir en paz.
  • Por nosotros mismos, para que, a la manera de Jesús, entreguemos amor, perdón y misericordia incluso a nuestros enemigos, de modo que pueda reconocérsenos como hijos del Padre celestial.

Tras unos momentos de silencio orante, expresamos también en voz alta nuestra oración de petición, agradecimiento o perdón según lo que el Espíritu Santo nos haya sugerido.

Nos comprometemos: ¿Qué me pide (nos pide) Dios que haga (hagamos)?

Sabernos perdonados por Dios y salvados por Cristo, nos empuja a ofrecer a todos lo que nos ha sido regalado a nosotros. Expresémoslo en el grupo. Dejamos un momento de silencio para que cada uno piense cuál puede ser el compromiso de esta semana, a la luz de los que hemos meditado y compartido.

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