Emaús. Domingo IV del Tiempo Ordinario (A)

Emaús era una aldea cercana a Jerusalén en la que dos discípulos tuvieron la experiencia de encontrarse con el Señor resucitado al meditar las Escrituras y al partir el Pan (Lucas 24,13-35). Es la misma experiencia que nosotros queremos tener en cada una de nuestras reuniones dominicales. Emaús es una hoja impresa que usamos en las celebraciones dominicales y festivas en nuestras tres parroquias. Aquí la tienes también accesible para ti, si no puedes, por algún motivo, acudir a la iglesia.

Escucha la Palabra

Primera lectura (Sofonías 2,3; 3,12-13)

Dios es humilde. Cuando Dios actúa o se hace presente pone siempre la firma de la humildad y el sello del amor, las dos pruebas más seguras para reconocer la huella de Dios. Y, cuando elige, muestra siempre sus preferencias por los pobres y humildes de corazón.

BUSCAD al Señor los humildes de la tierra, los que practican su derecho, buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis resguardaros el día de la ira del Señor. Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor. El resto de Israel no hará más el mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca. Pastarán y descansarán, y no habrá quien los inquiete.

Salmo responsorial (Salmo 145)

BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.  

Segunda lectura (1Corintios 1,26-31)

Con expresiones casi hirientes, el apóstol reconoce que Dios ha escogido para su comunidad lo necio del mundo, la gente baja del mundo. Pero con estos despreciables instrumentos Dios quiere salvar al mundo. Para el que cree en Cristo todas sus cualidades y valores humanos son muy relativos; el verdadero valor es Cristo, nuestra sabiduría y nuestra santificación.

FIJAOS en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
Y así —como está escrito—: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Evangelio (Mateo 5,1-12a)

Las bienaventuranzas son la página más «evangélica» del Evangelio. Recogen la buena noticia de Jesús a los pobres. Son una buena noticia para todos los que sufren. Son también ocho caminos de santidad, ocho caminos para encontrar a Dios, ocho señales de su Reino. El pueblo pobre y humilde que Dios ha escogido es el pueblo de las bienaventuranzas. El pueblo que brotó del costado de Cristo se baña en las aguas de estas ocho fuentes.

EN aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Vive la Palabra

Palabras benditas

Las Bienaventuranzas son palabras benditas, palabras de bendición. Las pronunció Jesucristo, el Hijo de Dios, porque él no vino a maldecir, sino a bendecir; no vino a condenar, sino a salvar. Siempre que las leemos o escuchamos nos hacen bien, porque son palabras vivas, que nacen de fuente alta e íntima a la vez. Estas palabras nos consuelan, nos hacen soñar, nos abren a las más hermosas esperanzas.
Son palabras de Cristo, pero no sólo para los cristianos, sino para toda la humanidad. Son palabras universales, que transcienden todos los límites de tiempo, de razas y de credos. Son patrimonio de la humanidad.
Jesús, según Mateo, habla desde un monte, para contraponer al viejo monte Sinaí, donde Moisés recibió la Ley. Ese monte de las Bienaventuranzas, atractivo y dichoso, queda como signo de luz, resplandeciente verdad, con banderas de paz para todos los pueblos. Es el monte al que se referían los profetas: «Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes. Hacia él  caminarán pueblos numerosos. Él nos instruirá en sus caminos. No alzará la espada pueblo contra pueblo. Caminaremos a la luz del Señor» (ver Is 2, 2-5).
La carta a los Hebreos hace este contrapunto: «No os habéis acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones. Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo y al mediador de la nueva alianza, Jesús» (ver Hb 12,18.20.24).
En realidad, el monte del que hablamos no es una realidad material, tangible, es una realidad espiritual. Llegando hasta el fin, diremos que el monte de las Bienaventuranzas no es una montaña, ni son unas palabras e ideales, sino que es Jesús.

Un pueblo pobre

Pero las bienaventuranzas, aunque son para todos, han de ser recibidas especialmente por los discípulos, por la comunidad creyente, por la iglesia. El pueblo escogido de Dios, que cree, que confía, «que se estremece ante mi palabra» (Is 66,2); «que practica la justicia, que vive la misericordia y camina ante Dios humildemente» (Mq 6,8); «un pueblo pobre y humilde (So 3,12).
Nos interpela fuertemente esto de que el pueblo de Dios ha de ser pobre y humilde. Es bonito, pero hoy resulta que muchos pueblos cristianos son ricos y poderosos.
El problema se agrava si las riquezas son fruto de la injusticia, y cuando no brilla con fuerza en estos países la solidaridad. Quizá tengamos que dejarnos interpelar y reconocer que hemos de vivir en estado de conversión permanente. Tendremos que seguir releyendo el sermón del monte, para que nos cale de verdad…

Ora con la comunidad

Señor Jesús, ayúdanos con la fuerza de tu Espíritu
para que vivamos tu Evangelio de tal modo
que merezcamos ser contados entre aquellos
a quienes tú llamaste dichosos.
Tú vives y reinas con el Padre
en la unidad del Espíritu Santo
y eres Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

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1 comentario en “Emaús. Domingo IV del Tiempo Ordinario (A)”

  1. Padre,nosotros que tenemos la gran suerte de saber de tí y de tu obra ,haz que entendamos tú mensaje y seamos capaces de seguirte .
    Que nuestros corazones se ablanden ante tanta injusticia ,persecuciones y desprecios a nuestros hermanos .
    Por desgracia hoy cada uno vamos a lo nuestro y lo que mas nos conviene .
    Parece que la humanidad se ha vuelto loca ,que esto no tiene arreglo ,pero yó se que tu estas aquí con nosotros y aunque no lo parezca hay personas de buen corazon y sencillas ,dispuestas a seguir y compartir tus enseñanzas .
    Te doy gracias Señor por tenerte y por mi familia y amigos ,soy muy afortunada ,y te doy gracias por hacer que entienda que las personas son lo mas importante.
    Te pido por todos los hermanos que sufren de cualquier forma ,y para que abras nuestras mentes para hacer el bien .
    Tu que vives y Reinas por los siglos de los siglos.
    Amen.

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