Da cara al Jubileo. Asamblea 1

Aqui tienes el guión de la asamblea, por si estás en tu casa y no puedes participar en la reunión de ningún grupo. Queremos que te sientas cerca de nosotros, aunque no lo esté físicamente. La misericordia del Señor traspasa paredes y acorta distancias.

Nos disponemos

Nos preparamos para acoger en la propia vida personal y comunitaria al Dios que sale siempre a nuestro encuentro para revelarnos su rostro misericordioso y darnos vida. Decimos juntos la oración:

Señor,
tú partes para mí el pan de las Sagradas Escrituras
y al partirlo te haces conocer por mí.
Sucede entonces que cuanto más te conozco,
tanto más deseo conocerte,
no solamente en la corteza de la letra,
sino en la percepción sensible de la experiencia.

Proclamamos la Palabra: Lucas 15,1-7

1 Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. 2 Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
3 Jesús les dijo esta parábola: 4 «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? 5 Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; 6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido». 7 Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
8 O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? 9 Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido». 10 Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Textos relacionados: Mt 9,10-13; Ez 34;Mt,18,8-14.

Leemos atentamente: ¿Qué dice el texto?

Ante la incomprensión y el rechazo de los fariseos y maestros de la ley, Jesús justifica su forma de actuar desde el Dios de la misericordia. Los publicanos y pecadores se reconocen en las palabras de Jesús como destinatarios del amor entrañable del Padre.

Situación del texto

En el capítulo 15 del evangelio de Lucas encontramos las que conocemos como las tres parábolas de la misericordia. Vamos a centrar nuestro encuentro de hoy en las dos primeras, «la oveja perdida» y «la moneda perdida», dejando para otro día la de «el hijo pródigo», que es más extensa. Los dos primeros versículos, que introducen todo el capítulo, señalan el contexto de las parábolas, ayudando a comprender su sentido.

Con Jesús aparecen dos grupos de personas. ¿Quiénes son? ¿Cuáles son sus actitudes respecto a él?

Jesús y dos grupos de personas

Los publicanos eran quienes recaudaban los impuestos de los judíos para el Imperio romano. Tenían mala fama: por un lado, estaban vendidos al poder del Imperio; pero ademas se quedaban con una parte de esos impuestos, robándolos a sus hermanos de raza y de fe. Eran marginados por los que se consideraban verdaderos israelitas. Similar marginación era la que sufrían los pecadores. Y ellos son, precisamente, los que se acercan a Jesús.
El otro grupo estaba compuesto por los fariseos (principales representantes del judaísmo religioso en tiempos de Lucas) y los maestros de la ley, intérpretes y custodios de la Escritura, que marcaba una línea clara entre los que estaban dentro y los que quedaban fuera del sistema religioso y social. Éstos, los justos y salvados, murmuran contra Jesús porque compartía mesa con aquellos despreciados y condenados. Con las parábolas que siguen, Jesús justifica su forma de actuar. Además, Lucas enlaza en ellas dos de sus temas preferidos: la misericordia gratuita de Dios y la necesidad de conversión de los pecadores.

Los protagonistas de las parábolas

Nos fijamos en la primera de las parábolas, la de la oveja perdida. Leyendo los verbos que aparecen, en seguida nos damos cuenta de que el pastor es el actor principal: pierde, deja, busca, encuentra, carga, reúne, dice. La segunda parábola, la de la moneda perdida, redunda en el sentido de la anterior con un ejemplo similar.

¿A quiénes representan el pastor y la mujer? ¿Y la oveja y la moneda perdidas? ¿Qué actitud del pastor y de la mujer subraya el texto?

En ambas parábolas se cuenta una historia muy semejante: la de una pérdida, una búsqueda intensa, un hallazgo y una alegría compartida. Y lo que destaca sobre todo son las actitudes del pastor y de la mujer: no permanecen impasibles ante lo que han perdido. Parece que en sus vidas nada importa tanto como la oveja o la moneda extraviadas. No paran hasta encontrarlas. Además, las cosas no quedan simplemente como estaban antes.

¿Qué sentimiento aparece repetido tras los hallazgos?

Un elemento en el que se insiste en estos versículos es la referencia a la alegría. Es una alegría que va creciendo y que, en el comentario final a cada una de las parábolas, se identifica con la alegría de Dios. En esa aplicación a la vida con la que concluye cada parábola (vv. 7 y 10, respectivamente), la atención se centra en un escenario nuevo (el cielo) y en un protagonista distinto (el pecador). La conversión en la vida del pecador es causa de gran alegría para Dios.

Fíjate en la relación que tienen estos versículos con los dos primeros del pasaje. ¿Cuál es el mensaje de Jesús a los publicanos y pecadores del principio? ¿Y a los fariseos y maestros de la ley?

El Dios de la misericordia

Cada hombre y cada mujer tienen un valor irreemplazable a los ojos de Dios. Cuando un ser humano admite que el Dios de la misericordia le busca, cuando se deja encontrar, la verdadera vida se abre camino en su historia y la alegría llena el cielo y la tierra.

Meditamos: ¿Qué me dice a mí (a nosotros) el texto?

El evangelio que hemos leído nos acerca al Dios que no quiere que ni uno solo de sus hijos se pierda. Nos toca ahora responder dejándonos hallar por Dios, buscando a los hermanos que sentimos perdidos, alegrándonos de corazón en cada uno de esos encuentros.

A través de las parábolas de Lucas hemos contemplado el rostro del Dios de la misericordia: ¿Cómo te invita el relato evangélico a relacionarte con él? Quizá hay momentos en nuestra vida en los que nos sentimos perdidos. El presente pasaje nos invita a dejarnos encontrar por Dios: ¿Le facilitas la tarea? ¿Cómo puedes crear espacios en tu día a día para ese encuentro con Dios? Jesús explica su comportamiento con los publicanos y pecadores desde la misericordia de Dios Padre: ¿A qué nos compromete esa misericordia como hijos de Dios? La intransigencia de los fariseos y maestros de la ley contrasta con la actitud de Jesús: ¿Quiénes son los que están «perdidos» en nuestro ambiente? ¿Qué comportamiento debemos seguir con ellos? Dios no nos abandona a nuestra suerte. No quiere que ni uno solo se pierda: ¿Qué sentimos al comprender esta «responsabilidad cariñosa» de Dios por cada uno de nosotros? «Alegraos conmigo». La alegría de la que habla el evangelio nos sitúa en un contexto de encuentro tras la dura búsqueda, de felicidad compartida, de vida eterna: ¿En qué momentos de nuestra vida sentimos que la experiencia de encuentro con Dios es fuente de alegría? ¿Qué hacemos para vivir gozosamente cada nuevo día?

Oramos: ¿Qué le decimos a Dios inspirados por este texto?

Muchas veces, desorientados como la oveja de la parábola, le pedimos al Señor que salga en nuestra búsqueda, que nos restaure y nos devuelva a su rebaño. Traemos también a nuestra oración a nuestros hermanos que andan perdidos. Desde la alegría, damos gracias a Dios, que cuida amorosamente de cada uno de nosotros.

Comenzamos diciendo cada uno al Señor unas palabras, desde lo que le sugiere el evangelio que hemos leído o repitiendo en voz alta la frase que más le ha gustado del evangelio.
Después decimos juntos el Salmo 50, en el que el salmista pide perdón y manifiesta su confianza en la misericordia de Dios.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.
Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

Nos comprometemos: ¿Qué me pide (nos pide) Dios que haga (hagamos)?

Buscamos un compromiso de grupo para realizar durante esta semana. Una acción que sea concreta y que la semana próxima podamos evaluar si hemos cumplido o no.

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1 comentario en “Da cara al Jubileo. Asamblea 1”

  1. La misericordia del Señor traspasa paredes y acorta distancias. Así la he sentido yo cuando a través de Iglesia en Bailén, me ha llegado este mensaje.
    Me gustaría estar ahí y poder participar de estas asambleas. Experimentar cómo vivís vosotros la misericordia de Dios y haceros participar de cómo la siento yo.
    Hace tiempo, me sentí tremendamente pérdida y abandonada. Mi vida no tenía sentido, pero Dios en su entrañable misericordia, puso a una persona cerca de mí que me ayudó a darme cuenta que no era así. Era yo la que no me dejaba envolver por los brazos del Padre. Corría y corría sin rumbo.
    Cuando me detuve, allí estaba Él, esperándome, saliendo a mi encuentro con los brazos abiertos.
    La vida sigue con sus malos y buenos momentos pero en ambos, sé que no estoy sola, Él va conmigo, abrazándome siempre.

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